El otro día oí, y me pareció acertado, que los que somos padres damos con frecuencia la sensación de estar descontentos de serlo. Y es que es más fácil, argumentaba, poner palabras a los inconvenientes que crean los hijos que a todo lo bueno que te dan. Me acuerdo de esto porque estoy seguro que me va a costar hilvanar las palabras adecuadas para lo que quiero contar hoy.
Uno de mis hijos está aprendiendo a leer. Es bonito ver como se pelea con la fonética y sus trampas. Esas consonantes que cambian de sonido dependiendo de con qué vocal van de la mano. Por no hablar de las letras que no suenan (¿para qué sirven? te preguntan con su aplastante lógica infantil), o las que a veces suenan y otras no. Tiene algo de gimnástico las continuas lecturas en voz alta, aprendiendo cada semana una letra nueva. cada una con sus rarezas y su personalidad.
Pero si fuera sólo esa experiencia, con todo lo deliciosa que es, probablemente no hubiera dejado nada aquí escrito. Viví la culminación del proceso, algo que me fascinó. Más que un paso natural en el aprendizaje me pareció una metamorfosis, un momento deslumbrante que me emocionó y me hizo pensar.
Mi hijo, tras meses de lecturas en voz alta acompañadas de miradas de reojo buscando mi aprobación, tenía una soltura cada vez mayor. Y llegó el día. Todo parecía normal, pero de repente empezó a bajar la voz poco a poco hasta que se hizo el silencio. Todavía movía los labios, pero eso también dejó de hacerlo al poco rato. Solo sus ojos se movían recorriendo las páginas. Desconcertado, todavía estuve un rato mirándolo. Sigilosamente me marché y mi hijo no pareció darse cuenta, de tan absorto que estaba en la lectura.
Y después pensé bastante. Pensé en la magia de la lectura, cuando ni siquiera el sonido se interpone entre el que cuenta y el que escucha. Y también que lo que nos distingue como humanos son algunas pequeñas grandes cosas como la que acababa de presenciar. Hasta imaginé un mundo en que aquí y allá había niños que callaban por primera vez ante un libro. Y me sentí lleno de esperanza.
Hablando de niños, me acuerdo de un vídeo simpático de un grupo que acaba de pasar por España, The Veils.
Uno de mis hijos está aprendiendo a leer. Es bonito ver como se pelea con la fonética y sus trampas. Esas consonantes que cambian de sonido dependiendo de con qué vocal van de la mano. Por no hablar de las letras que no suenan (¿para qué sirven? te preguntan con su aplastante lógica infantil), o las que a veces suenan y otras no. Tiene algo de gimnástico las continuas lecturas en voz alta, aprendiendo cada semana una letra nueva. cada una con sus rarezas y su personalidad.
Pero si fuera sólo esa experiencia, con todo lo deliciosa que es, probablemente no hubiera dejado nada aquí escrito. Viví la culminación del proceso, algo que me fascinó. Más que un paso natural en el aprendizaje me pareció una metamorfosis, un momento deslumbrante que me emocionó y me hizo pensar.
Mi hijo, tras meses de lecturas en voz alta acompañadas de miradas de reojo buscando mi aprobación, tenía una soltura cada vez mayor. Y llegó el día. Todo parecía normal, pero de repente empezó a bajar la voz poco a poco hasta que se hizo el silencio. Todavía movía los labios, pero eso también dejó de hacerlo al poco rato. Solo sus ojos se movían recorriendo las páginas. Desconcertado, todavía estuve un rato mirándolo. Sigilosamente me marché y mi hijo no pareció darse cuenta, de tan absorto que estaba en la lectura.
Y después pensé bastante. Pensé en la magia de la lectura, cuando ni siquiera el sonido se interpone entre el que cuenta y el que escucha. Y también que lo que nos distingue como humanos son algunas pequeñas grandes cosas como la que acababa de presenciar. Hasta imaginé un mundo en que aquí y allá había niños que callaban por primera vez ante un libro. Y me sentí lleno de esperanza.
Hablando de niños, me acuerdo de un vídeo simpático de un grupo que acaba de pasar por España, The Veils.
Saludos a todos.

